Si el elogio surge de un auténtico intercambio espontáneo donde una persona manifiesta a la otra su agrado es muy distinto que si es usado como una estrategia manipuladora para controlar determinadas situaciones o para forzar un sentimiento de autovaloración en quien recibe el elogio. Este factor, pese a ser el menos estudiado, es de radical importancia. En general, el elogio que no es dado de manera espontanea sino para manipular un comportamiento puede resultar artificial para quien lo recibe y por lo tanto volverse inefectivo. Mientras más efusivo y general es el elogio, menos sincero se lo percibe. Si un niño tiene un comportamiento prosocial con su amigo, como prestarle espontáneamente su globo porque el de él se pinchó y nosotros le decimos «¡¡¡¡Queeeeé AN-GE-LI-TO que sooooooosss!!!!», el niño puede pensar «esta persona exagera, hace un rato me robé las galletitas de la lata, no debo ser un angelito después de todo». Por lo tanto es preferible brindar información específica y serena para que el elogio sea percibido como sincero «notaste que estaba triste y le diste tu globo, ¡a eso le llamo yo saber cuidar a los amigos!». Pero por sobre todo, bueno, ¡debe ser sincero!
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